El título no es mío, sino de un artículo de David Trueba, un todo terreno como director de cine, actor, guionista, y escritor. Fue publicado el 2 de octubre en el suplemento Dominical y me ha gustado tanto (lo que no significa que esté de acuerdo en todo) que os lo transcribo aquí.
"Que la música se haya convertido en un arma sometedora, en un enemigo de la paz, es algo tan absurdo y antinatural como cuando la brisa del amanecer se transforma en un huracán. Quizá la más poderosa capacidad del ser humano es la de lograr degradar algunas de las más maravillosas conquistas hasta el rango de molestias. Nacido para exagerar, el hombre no es capaz de dominar sus ganas de exceso, convierte el placer de una copa en alcoholismo, la placentera pausa para hacer humo en un vicio adictivo y hasta el refrescante chapuzón en una playa en una masiva jornada intensiva de bronceado y cutrez. Así somos, capaces de convertir lo mejor en lo peor. Hemos logrado algo parecido con la música. Ya hace tiempo que el hilo musical se ha convertido en una especie de rutina ofensiva, que plaga los ascensores y la espera en las líneas telefónicas, pero el paso va más allá y la música, ese armónico invento destilado a lo largo de siglos, se alza como uno de los incordios mundiales más complicados de soportar.
Basta con acercarse a un parque temático para niños. La música flagela desde el primer instante, sin permitir un minuto de calma, reflexión propia o descanso. Música y niños, algo divertido de analizar. Comienza con esos vídeos estúpidos donde un descerebrado decide hacer del placer de descubrir y alimentar la sensibilidad un negocio de fomento de las neuronas, de promesa de genialidad y empaqueta en un Dvd formas y sonidos que, supuestamente, fabricarán nuevos Einstein. Prosigue con esas piscinas de pelotas y parques de entretenimiento diminutos, sudados y aglomerados, donde la música persigue la misma intención que la matraca de las discotecas. Anular la personalidad, la diferencia y generar una angustia activa en los niños, sequedad de garganta y excitación gratuita.
Poco tiempo después uno mira los dibujos animados modernos y las series favoritas de los niños, las películas generadas en ese género odioso y pornográfico conocido como cine para niños y descubre que la música es un aliado imprescindible. Aplasta las imágenes con un acompañamiento perpetuo e inacabable, que limita el rigor y convierte el espectáculo en un dictado de adrenalina. Los juegos de ordenador no se han librado de esa obsesiva preocupación con el vacío. La ausencia de música excitada les resulta el mayor peligro concebible y en consecuencia no permiten que eso suceda, como si fuera dejar caer a la gente en un agujero negro. De ahí es fácil caer en las playas donde la música del chiringuito atrona desde por la mañana y esos restaurantes donde la música sustituye la capacidad para una buena conversación y así sucesivamente en tiendas de ropa, espacios deportivos, ferias, hasta imaginar la peor pesadilla futurista posible, un lugar donde no exista un rincón sin música enlatada, que imponga su ritmo y su disciplina a nuestra peripecia supuestamente libre. Música como un gran hermano cegador. ¿Qué diríamos de alguien que interfiriera en nuestra vida constantemente, colocando filtros, gafas, cristales tintados? Pues exactamente es así como utilizan la música contra nuestras orejas y nuestro cerebro, propiciando una dictadura sonora que conviene a unos pocos negocios y perjudica a nuestro oficio más preciado, vivir con independencia."
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