El mito es una mezcla explosiva. Nace del afán humano por transferir en algo o en alguien, cuando se corporiza en un semejante, los deseos, las ansias, los sueños, las creencias, incluso los miedos. Necesita proporciones equilibradas de virtudes admirables y situaciones dramáticas, de cualidades distintivas y dificultades que resultan insuperables para el común de los mortales. Y también, desde hace muchos siglos, de una refinada mercadotecnia que lo difunda y sostenga. Pero sobre todo, precisa de una muerte prematura y por lo tanto trágica, preferiblemente misteriosa. Entonces la imagen se congela, bañada por el elixir de la eterna juventud, se agiganta, trasciende su época y hasta pierde su apellido para pasar a ser simplemente, Elvis, el Che, Evita... o Marilyn, sin necesidad de conservantes ni aditivos.
2012 es el año de aquella inolvidable rubia platino que en realidad nació castaño rojiza como Norma Jean Mortensson (después Baker, el apellido de su madre); y de cuya muerte todavía entre las brumas suicidio o el asesinato se va a cumplir medio siglo. Este año tendremos, sin duda alguna, sobredosis garantizada de Marilyn, aunque en realidad ella nunca se marchó del todo. "Hay personas tan vivas que no parecen extinguirse cuando se mueren", escribió respecto a su exesposa Arthur Miller en su autobiografía; y en el caso de Marilyn, la llama permanece más encendida que nunca. Sólo en el transcurso de los últimos meses se han dado a conocer varios libros (uno de fotografías inéditas, una biografía y un tercero con textos escritos por la propia Monroe) además de estrenarse una película y de que un coleccionista pagase 3,2 millones de euros por el vestido blanco que llevaba en la famosa escena del respiradero del metro, en "La tentación viva arriba". Apenas unos meses antes, el vestido fucsia que utilizó en "Los caballeros las prefieren rubias" había recaudado 256.750 euros; y tres radiografías de tórax tomadas en 1954, otros 36.600. Dice Gerard Costa, profesor de marketing de la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas: "No es de extrañar. Marilyn combina sexualidad con vulnerabilidad, dos valores deseados por mujeres y hombres por igual, y que nunca pasan de moda". "Es un icono, y como tal, está en el centro de los estereotipos del éxito, del poder y de la belleza", también afirma Toby Miller. Para este científico social, una actriz que alcanza esa categoría "representa algo sobre una época determinada. En el caso de Marilyn, y a través de su cuerpo, se podían percibir las luchas del género en un momento previo al feminismo contemporáneo, pero al mismo tiempo era un símbolo del liderazgo estadounidense en el mundo, la novia blanca y hermosa de América".
Por supuesto, Norma Jean Baker nunca pretendió cargar semejante peso sobre sus espaldas. Ni siquiera se había planteado ser actriz. De hecho, trabajaba en una planta de construcción de aviones cuando le propusieron realizar una publicidad para la Marina. Aquello ocurrió en 1945. Ella contaba 19 años, ya había conocido las penurias de vivir entre orfanatos y casas de acogida; de haber padecido una violación cuando todavía era una niña y se enfrentaba a su primer fracaso matrimonial. Aceptó la oferta y el foco de la cámara no la abandonaría jamás. Emmeline Snively, directora de la agencia de modelos Blue Book, que descubrió esas primeras fotos públicas, fue quien le propuso cambiar el color de su cabello. Dos años más tarde, cuando su rostro empezaba a ser conocido, Ben Lyion, director de reparto de la 20th Century Fox, la contrató para realizar papeles menores y le sugirió adoptar el nombre que la llevaría a la fama. El resto de la historia ya la conocemos.
Nadie le previno sobre el precio que debería pagar por la celebridad. La soledad y la incomprensión, por encima de todo. Soledad en lo afectivo, obligada a vivir la dualidad de sentirse deseada por toda la humanidad, incluido el presidente John F. Kennedy, pero amada por nadie (si exceptuamos a su segundo marido, Joe Di Maggio). Incomprendida en lo profesional, porque pese a sus esfuerzos y sus estudios nunca logró que sus dotes actorales fueran reconocidas por encima de su belleza. Las frustraciones llevarían al alcohol y a las drogas; al descuido personal, la impuntualidad exagerada y el desorden que desembocaron en una mezcla fatal de barbitúricos y alcohol el 5 de agosto de 1962, la noche que la estrella se metamorfoseó en icono. 50 años después, se acumulan cada vez más libros y películas en torno a su figura. Sus objetos se convierten en fetiches. Y el cuerpo de Marilyn aún subyuga a quienes sueñan con emularla, desde Lindsay Lohan a Scarlett Johansson o Elle Fanning. Ese cuerpo que a la propia Marilyn, como escribió Tomás Eloy Martínez, tal vez acabara resultándole "ajeno y pesado, demasiado pesado".


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